Lloviendo, un típico día de mi aburrida vida, voy conduciendo mi taxi esperando alguna mano que se asome a hacerme la parada. Una furtiva señal me indica que pare: Era un señor alto, me extrañaba su forma de caminar, pero no le dí gran importancia. El tipo abordó el taxi de una manera normal, en fin, parecía otro pasajero sin gran relevancia. Le pregunté: – Hacía dónde se dirige? Y recibí una respuesta un tanto confusa: – La muerte nos llevará donde la noche se eterna… – ¿Perdón?, le contesté, – Lléveme a la Calle Loira. Comencé a inquietarme un poco y pensé: – Sólo es un tipo loco. En fin, durante el camino me pregunté las infinitas razones de su primera respuesta, pero al cabo de un rato me aburrí de pensar en eso y continué mi camino. Estaba pensando en algunos asuntos poco importantes y algo interrumpió mi letargo: – Déjeme por allí. Era la voz de aquel sujeto señalándome un lugar un poco más allá de la esquina. Vi que aquel lugar era algo parecido a un burdel, pero pensé: – La diversión no se le niega a nadie, que más da!. El hombre aquel me pagó, cuando se bajó, noté que había parado de llover, y continué con mi errático recorrido por aquella cuidad, tan bella, pero tan tristes a éstas horas de la noche. A la siguiente calle una mujer me hizo la parada. Vestía un hermoso vestido azul oscuro, unos senos bien dibujados que de alguna manera eran visibles a esa hora, unos tacones altos, unos guantes de tela finísima y un collar de color blanco de una piedra desconocida, al menos por mí. Paré y quité el seguro de la puerta y ella abrió la puerta con tal suavidad, que me impresioné más aún al comprobar que la puerta estaba cerrada y ella estaba en el asiento trasero. Miré el espejo, y vi sus ojos, tan profundas como la oscuridad de la noche, y tan cautivadores como la danza de cien fuegos coloridos alrededor de la aurora boreal. De repente le pregunté: – Buenas noches, ¿Hacía donde nos dirigimos? – Hacia el Gran Museo. Mientras me dirigí allí, vi de nuevo al espejo y noté algo confuso dentro de su bolso, pero no sabía que era… aún. En fin, cuando el paseo se tornaba aburrido (no soy hombre de palabras) ya divisaba el Gran Museo…
La deje allí, y dejé el lugar inmediatamente. Después de ello, la noche transcurría lenta y perezosa, y yo en mi constante cuestionamiento, no encontraba algunas de las respuestas, pero no importaba, al fin y al cabo eran cuestionamientos inútiles que de nada le servirían a la humanidad. De repente, como un sorpresivo ataque de luz, vi el sol abrasando la ciudad: era la señal inminente de que mi trabajo había cesado por hoy. Llegué a mi casa, como de costumbre, me acosté, pero fue un tanto extraño… Era como si la cama me extrañara, pero pensé “Yo y mis absurdos pensamientos”.
Desperté y pensé en los tantos sujetos que había dejado en su destino, pero especialmente en aquellos dos sujetos: aquel hombre extraño y esa mujer misteriosa, había un no sé qué en aquellos personajes llenos, tal vez de lúgubres pensamientos, o de negras intenciones, las cuales son desconocidas para mí, pero surgió dentro de mí una pregunta, tal vez una de las más sensatas: ¿Debía preocuparme por algo tan poco relevante? Seguí con mi usual rutina y no presté más atención a aquel asunto.
Cuando abordé el taxi de nuevo para seguir con otra noche, tal vez cargada de aburrimiento y de inocuas experiencias, me dí cuenta que habían dos objetos que no acostumbraban a estar en el asiento trasero de ese vehículo amarillo: Un extraño maletín cerrado, y un lápiz labial. La duda invadió mi mente en el preciso instante en que mi vista captó estos objetos, y enseguida las preguntas ¿Qué? ¿Porqué? emergieron desesperadas. Pero lo más extraño fue lo que encontré dentro del maletín, que de alguna manera era familiar para mí.
Aquella foto perdida en los recuerdos estaba allí, en el interior del maletín, taciturna e indiferente a la situación. Pero de repente un pensamiento surgió en mi mente, tan espontáneamente, que el escalofrío no tardo en acompañarlo, esa pregunta ¿Porqué el dueño del maletín poseía esa foto tan preciada? La tomé, pero enseguida mis manos se vieron pintadas por una sustancia roja, de una textura extraña, recordé el labial, y di vuelta a la foto. El escalofrío que seguía presente, se hizo más fuerte al leer las líneas de aquel mensaje, frívolo e inesperado…